Y
bueno, ayer fue otro día desastroso. Me retrasé muchísimo para el trabajo, ¡de
nuevo!
Para
empezar, me levanté tarde (¡como siempre!), así que no tuve tiempo de
desayunar. ¿Por qué levantarse para trabajar cuesta tanto? Me puse el traje y
la corbata y salí corriendo para tomar el colectivo. Anoche había llovido mucho
y las calles estaban mojadas. Bueno, corrí mucho y me caí. No me lastimé ni nada,
pero se me mojó el traje así que tuve que regresar a casa para cambiarme.
Luego, volví corriendo a la parada y llegó el colectivo. Pero estaba lleno de
gente y no me pude subir. Entonces, se me ocurrió una idea genial: ¡ir en taxi!
Vi uno
que pasaba y lo tomé. El tachero me llevó directamente al laburo –¡BUENÍSIMO! –
pensé. La carrera me salió por veinte pesos, pero yo no llevaba nada de plata
encima. ¿Por qué no me fijé antes? ¡Eso nunca me había pasado! –No pasa nada
– le dije al conductor –Tengo tarjeta.
Así que me llevó al cajero cerca de la oficina. Introduje la tarjeta en el
huequito, pero resulta que se quedó ahí atascada y no salía para nada. ¡Qué
garrón!
Al
final, entré a al banco y me abrieron el cajero para devolverme la tarjeta
junto con el dinero que me correspondía. Claro que cuando llegué a la oficina
mi jefa estaba allá. Yo estaba dos horas atrasado para el trabajo y ella estaba
enojadísima.

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